20 ene. 2016

las pinzas verdes


A la abuela Nicolashcka le encantaba ponerse pinzas verdes en el pelo. Y a mi me gustaba robárselas. Era como un juego. Cuando no las encontraba sabía que yo era la única causa de su desaparición.

-Vova, has visto mis pinzas verdes?
-No babushka!  Seguro que están en un bolsillo de algún sarafán.

Nosotras adorábamos los sarafán de la abuela. Tenía muchísimos: los de trabajar en el campo, los de hornear el pan de centeno y  los de las tardes de estar sentadas en el porche  contando historias antiguas… También nosotras teníamos los nuestros. La mayoría, confeccionados por la abuela. De colores intensos, cosidos con hilos dorados traídos desde San Petersburgo. 

Los sarafán tenían su lugar especial en la casa. Un cuarto al lado de la cocina, junto a las escaleras.  Una estancia que hacía las veces de vestidor y almacén en donde guardábamos los objetos más variopintos y  estrafalarios, desde nuestros cazamariposas que se quedaban olvidados todos los inviernos hasta nuestras valenkis siempre esperando a cabalgar sobre nuestros pies entre los bosques de abedules.


Ya he contado que vivíamos en una granja destartalada, la más maravillosa del mundo. La casa era el más fiel reflejo de la abuela: caótica, desordenada, excéntrica…pero cálida y acogedora.  Una casa donde todos los sueños eran posibles, porque si alguno de ellos peligraba ahí estaba ella, dispuesta a cosernos todos los rotos que apareciesen en nuestra felicidad o a tejer aletas y escafandras que nos librasen de todas las cosas malas del mundo….

Pero volviendo a las pinzas verdes… La abuela se armaba de paciencia  y rebuscaba por todos los rincones. Revisaba los bolsillos de mis delantales y cada uno de los 50 pares de aletas desperdigados por todas las habitaciones.  Tampoco dejaba sin mirar ni un solo tarro de mermelada que mis hermanas y yo utilizábamos como una especie de cajones improvisados.  Había de todo. Flores secas del verano, de las que cogíamos en las cunetas. Hojas de abedul para acordarnos de cómo olían los campos en los meses de calor. O sacapuntas de madera que mi madre nos traía de sus viajes. La búsqueda de la abuela llegaba también hasta las valenki y es que no era la primera vez que encontraba en su interior algún dedal o uno de nuestros lazos del pelo. Pero ni rastro de sus queridísimas pinzas verdes.

En realidad  la abuela sabía dónde encontrarlas desde el primer momento.  Yo siempre las guardaba en el mismo lugar.  En el tercer estante de la despensa. Justo detrás del bote donde la abuela guardaba los pryanikis.  El juego consistía en hacer que se desesperaba muchísímo. Se lamentaba en alto de lo despistada y descuidada que se estaba volviendo con la edad. Y de paso, como si no supiese que la estábamos escuchando, aprovechaba para regañarnos  por el desorden que había en las estancias de la casa en las que jugábamos, que eran prácticamente todas…

La abuela hacía todo ese pequeño teatrillo porque sabía cómo nos gustaba verla interpretar aquel papel de babushka. Aunque severa en los momentos precisos sabía administrar como nadie los momentos de disciplina con las horas de juego en lo que lo único que importaba era eso, jugar.

El juego finalizaba siempre de la misma manera. Cuando ya nos habíamos entretenido lo suficiente o considerábamos que la abuela empezaba a cansarse yo iba corriendo a su lado y le preguntaba.

-Abuela podríamos preparar un té con pryanikis?

Ella sonreía.  Entraba en la cocina. Ponía agua en el samovar y se acercaba a la despensa. Al retirar el bote de pryanikis, allí estaban sus pinzas verdes. Soltaba una gran carcajada y decía:
-Pero qué despistada soy!!! Cómo se me habrá ocurrido dejar aquí mis pinzas? Vamos Vova, avisa a tus hermanas, es hora de merendar.


Y así acaba aquel juego. Todas sentadas alrededor de la mesa de la cocina y haciendo recuento de todos los lugares inverosímiles en los que la abuela había buscado sus pinzas.  Cuando pienso en aquellos días, me viene a la cabeza una frase que a veces me decía: “Vova, recuerda siempre que no vuela el que puede, sino el que quiere”.  Y yo, siempre he querido volar…

 


22 sept. 2014

lágrimas del mar negro

en  casa de la abuela nicolashka las lágrimas estaban prohibidas hasta que llegaba el verano y nos trasladábamos a la casa del mar negro. allí era cuando la abuela nos permitía llorar todas las penas acumuladas durante los meses anteriores.




según la abuela las lágrimas atraían el frío y las nubes negras. y el invierno en rusia, decía, ya era demasiado duro para que nosotras lo oscureciésemos todavía más. aseguraba que, con sólo aguantarlas un poquito en el borde de los ojos, las lágrimas se deshacían,  las penas se volvían más blanditas y acaban por olvidarse…

fuesen verdad o no las palabras de la abuela, lo cierto es que  mis hermanas y yo no soltábamos ni una lágrima durante los meses que pasábamos con ella. lo más difícil era aguantarlas cuando mamá se iba de gira…pero pensar en que el cielo se volviese todavía más negro nos asustaba demasiado y al final ocurría: a fuerza de no dejarlas salir,  las lágrimas  y las penas se quedaban en algún lugar de dentro muy lejano y muy olvidado. 

la abuela estaba convencida de que con esta disciplina de aguantar el llanto durante los meses del frío, acabaría por apartar para siempre la tristeza de nuestras vidas. y en parte, ha sido así…casi siempre.

cuando llegábamos a nuestra casa a orillas del mar, lo primero que hacía la abuela, incluso antes de deshacer las maletas, era llevarnos a un viejo embarcadero. nos sentaba a allochka, a klava y a mi, y nos decía: ahora niñas, llorad todas las lágrimas que habéis aguantado este invierno…el mar se las llevará muy lejos y esas penas que lloréis ahora no volverán nunca más…




a pesar de que aquel momento en el muelle era verdaderamente feliz, las palabras de la abuela surtían un efecto extrañísimo.  mis hermanas y yo comenzábamos a derramar lágrimas de una manera desconsolada. la abuela sentada a nuestro lado permanecía en silencio, mirando al infinito como buscando el punto exacto en el que se iba a hundir para siempre nuestro llanto.

cuando terminábamos de llorar la abuela nos envolvía en un grandísimo abrazo, nos íbamos a casa, abríamos todas las ventanas y dejábamos que de nuevo la felicidad y las risas se instalasen en nuestras vidas.

ahora que soy mayor y que la abuela nicolashka no puedo verme, reconozco que cuando llega el invierno siempre hay alguna lágrima que intenta escaparse. en esos momentos, corro a buscar mis viejas aletas rojas. son las únicas que consiguen de verdad que todas las penas se alejen, por lo menos hasta que pase el invierno.





25 may. 2014

volar sin aletas...




aunque vivíamos a muchos kilómetros de san petersburgo y sólo había visitado una vez esa ciudad, no había ni un solo día en que no pensase en ella.  cuando tenía siete años, la abuela decidió que ya era hora de que  mis hermanas y yo viésemos bailar a mamá sobre las viejas tablas del teatro mariinski.  

quitando los trayectos que hacíamos cada año al mar negro, aquel fue el primer viaje de mi vida. y la primera vez que me olvidé de calzarme las aletas para soñar. y es que, desde el momento en que nos subimos al tren que nos iba a llevar hasta mamá, no dejé de volar ni un segundo.



era verano…y en rusia el verano es pequeño pero delicioso. viajamos casi toda la noche, atravesando taigas increíbles que me hacían volar cada vez más alto. el vagón en el que viajábamos era como un cuento inventado solo para que nosotras cuatro pudiésemos leerlo. la abuela no dejaba  de reírse ante nuestras continuas muestras de entusiasmo y no paraba de contarnos historias sobre la ciudad…así que, prácticamente no dormimos en toda la noche

supongo que la pasión  por contar historias la  he heredado de mi abuela nicolashka…describía tan bien todo que, antes de llegar a nuestro destino, no sólo  había recorrido ya  los impresionantes salones del palacio de invierno sino que había escuchado absolutamente emocionada los maravilloso cánticos que se entonaban en las iglesias ortodoxas…

pero los cuatro días que pasamos en san petersburgo superaron con creces las historias de la abuela. no paré de soñar ni un solo segundo.  aquellos edificios tan majestuosos, los colores, el neva con sus múltiples puentes, el hermitage, los olores y los sonidos de las iglesias…era como si alguien me estuviese contando muy cerquita del oído un montón de historias llenas de secreto y encanto.




pero lo más emocionante de todo fue ver a mamá interpretando a odette en el espectacular teatro mariinski.  es uno de los recuerdos más impresionantes de mi vida…ese día entendí realmente quién era mi madre. desde que la vi morir de amor sobre el escenario mamá pasó a ser para siempre alguien mágico, una magia que no la abandonó jamás, ni cuando guardó para siempre sus zapatillas y decidió que ya solo bailaría para nosotras….

4 may. 2014

cuando llegaba mamá...

en rusia, cuando llega la primavera, las bailarinas cuelgan sus zapatillas en tendales de cuerda, junto a un ramo de paniculada…les trae suerte en la nueva temporada.



mamá llegaba siempre a mediados de abril. de repente despertábamos una mañana y allí estaban sus zapatillas. era la señal de la felicidad absoluta. mamá estaba en casa!  corríamos a despertarla a su habitación, ante los ruegos inútiles de la abuela nicolashka, y nos lanzábamos a su cama.  y allí estaba ella, recibiéndonos con el abrazo más grande que jamás he visto y con una carcajada que no paraba de sonar hasta que la arrastrábamos al jardín.




recuerdo a mamá con el pelo suelto…bailando descalza  sobre la hierba. feliz y libre. en las épocas en las que el ballet descansaba mamá liberaba su pelo y sus pies. se olvidaba de redecillas, de moños o de las trenzas tradicionales. y jamás se ponía zapatos a no ser que tuviese que salir a hacer alguna compra a la tienda de la señora katenka.  nosotras queríamos imitarla, aunque ella suavemente nos disuadía. para ir a la escuela trenzas y buenos zapatos, nos decía.  pero a mi me dejaba llevar siempre las aletas. eso sí, bien guardadas en alguna de las bolsas que me había cosido la abuela.





así que mamá era primavera y finales de verano. recuerdo que tras la puerta de su cuarto siempre colgaba un sombrero sin el que jamás salía a pasear, algún vestido ligero, también hecho por la abuela nicolashka…y mis dibujos. mamá siempre ponía mis dibujos tras la puerta. decía que quería verlos antes de dormirse y después de despertarse. cuando empezaba la gira se los llevaba con ella. yo me quedaba con su olor y con el ramo de paniculada, que se había secado al sol de los últimos meses. 

26 mar. 2014

allochka, la imaginadora





aunque mi hermana klava era la mejor cazando estrellas y yo volando con las aletas, allochka era única imaginando.  allochka la imaginadora,  le llamábamos.   mi madre siempre nos decía que con mis aletas, las estrellas de klava y la imaginación de allochka podríamos llegar a donde quisiéramos. y tenía razón.  aunque la abuela nicolashka no nos dejaba  que, en nuestros juegos, llegásemos más allá del bosque de abedules, la verdad es que, aunque ella nunca lo supo (o a lo mejor sí) siempre llegábamos más allá…con mis aletas, las estrellas y la imaginación, claro.



una de las cosas que más nos gustaba cuando llegaban las primeras tardes de verano, era sentarnos a merendar en el porche. la abuela nos  preparaba un delicioso pan negro y un  prianiki con nueces que nos hacía llorar de felicidad.  sentadas en aquel porche de madera blanca, un poco raída por la carcoma, escuchábamos cantar a la abuela mientras planchaba en el cuarto de costura. yo adoraba ese cuarto. siempre lleno de unas telas maravillosas que me hacían volar casi tanto como las aletas.  y un olor  siempre a limpio y a flores pequeñitas como las que mamá nos colaba en nuestras habitaciones cuando estaba en casa.

los prianikis de la abuela nicolashka eran conocidos por todo el mundo en nuestra pequeña aldea,  no sólo por su sabor sino por los dibujos  con los que los adornaba.  a mis hermanas y a mi nos daba muchísima pena empezar el prianiki. no queríamos romper ningún pedacito de aquellos líneas tan delicadas que la abuela había trazado sobre la masa. así que la espera en silencio antes de atrevernos a cortar el primer pedazo se convirtió para nosotras tres en un ritual. nos quedábamos calladas un buen rato, observando la escena, siempre diferente, que la abuela había dibujado sobre ese dulce de harina de centeno.  los prianikis de la abuela nicolashka eran trozos de felicidad que todavía conservo en mi memoria después de tantísimos años.


aquellos momentos en el porche, con nuestra merienda y las canciones rusas de la abuela, eran tan mágicos como las apariciones inesperadas de mamá. todo se volvía de un color rosa palo y olía igual que aquellos palitos de vainilla que la abuela usaba en la cocina. yo con mis aletas puestas les contaba a klava y a allohcka las vistas que había desde las nubes más altísimas: pequeños países con campos dorados y verdes, huertos repletos de sol y fruta, niñas como nosotras montadas en elefantes, gente siempre feliz con unas vidas como de cuento….




allochka con su imaginación siempre iba más allá  y era la que elaboraba historias increíbles sobre todo lo que yo veía. mientras, klava llenaba todo con las estrellas que había salido a cazar la noche anterior. y así, llegábamos siempre tan lejos….

24 feb. 2014

klava, la cazadora de estrellas





desde que mi madre me regaló las aletas azules con estrellas doradas no me separé nunca de ellas.  al principio mi abuela se desesperaba cuando me veía aparecer por las mañanas con las aletas para tomar el desayuno. vova, no puedes empezar a volar ya a estas horas, así no vas a llegar a ningún lado, me decía. aunque primero  intentó disuadirme enseguida se dio cuenta de que sería imposible. así que decidió hacerme una bolsita con una de sus maravillosas telas para que yo pudiese llevar mis aletas a todos los lados.  caminar con aletas se hacía un poco difícil….pero yo no las quería para caminar sino para volar. así que, obediente, me calzaba mis botas rojas, y guardaba las aletas en la bolsita. eso sí, aunque no puestas, me las llevaba a la escuela. me daba miedo pensar que ante un despiste se fueran volando solas...

al llegar a casa era cuando realmente usaba las aletas.  y entonces volaba casi igual que mi madre, aunque de manera muy diferente, claro.mis hermanas, allochka y klava, me pedían que les contase los sitios por los que volaba. y yo era capaz de pasarme horas explicándoles los colores de los diferentes países que veía, las ropas de la gente, la forma de las casas, el olor de sus árboles…mientras volaba también dibujaba. eso sí, siempre con las aletas puestas. 

aunque mi madre también les había traído un par de aletas a cada una de mis hermanas  la única utilidad que le daban era en verano cuando íbamos a la casa que la abuela tenía en el mar negro.  allí hacíamos carreras para ver quién era la más rápida en el agua. nos lo pasábamos tan bien como con las carreras que hacíamos con las gotas de lluvia en los cristales.



poco a poco me hice una experta en el uso de las aletas. así que mi madre decidió traerme unas nuevas de cada país que visitaba. llegué a tener más de cincuenta pares ante la desesperación de mi abuela que se volvía loca haciendo huecos por todos los armarios de la casa. aunque yo me hice una buena voladora,  mi hermana klava era la mejor cazadora de estrellas que jamás había visto…en las noches de verano era capaz de atrapar más de una docena. las guardaba todas dentro de un cazamariposas que la abuela le había comprado en la tienda de la señora katenka, la tienda más bonita del pueblo con ventanas de madera verde y golondrinas rosas pintadas en el techo.





6 feb. 2014

el circo en mis pies





por las noches, cuando me acostaba, soñaba con esas ciudades y lugares de los que mi madre me hablaba cuando volvía de sus giras con el ballet.  países en los que el cielo sólo tenía nubes rosas y playas en las que, entre la arena, crecían flores de todos los colores. por todo eso,  para mi, lo más importante de su vuelta, además de ese olor como a polvo de talco que siempre la envolvía,  eran  las historias que traía escondidas en los  bolsillos de sus faldas, o debajo de las solapas de aquellos abrigos largos tan preciosos que usaba.  así, con esas historias, fue cómo, sin saberlo empecé a volar.




mamá era como la chistera de un mago. de ella siempre salían sorpresas.  a veces era una canción en un idioma raro (sospecho que inventado), otras un cuento o una comida exótica que improvisaba en la cocina de la abuela. hasta que un día, llegaron las aletas.

fue un año en el que no paró de llover…la lluvia llegó a principios de verano y no se fue hasta que la nieve ocupó su lugar. la abuela cosió más que nunca. yo creo que era para olvidarse de que el sol había dejado de existir.  mamá llegó un amanecer empapada por la lluvia. me entregó un paquete envuelto en papel de seda rosa, un rosa como los tutús que ella usaba sobre el escenario.  mis hermanas y yo estábamos enamoradas de aquellos tutús. a veces, muy pocas, nos dejaba probarnos alguno y entonces era fiesta. nos volvíamos locas y empezábamos a saltar por toda la casa imitando, malamente, los pasos que ella hacía en sus funciones. era imposible. nosotras no sabíamos volar.



aquel día cuando abrí el paquete no creía lo que estaba viendo: unas aletas azules con estrellas doradas. parecidas a las que mis hermanas y yo usábamos en nuestros veranos en el mar negro.  pruébatelas vova, me dijo, son para volar.  hasta ese día yo creía que las aletas sólo servían para ser más veloz en el agua, o para asustar a las gaviotas que a veces se acercaban al mar. me las probé, y era como tener un circo en los pies. mamá me explicó que sólo tenía que prestar un poco de atención. y que entonces podría caminar por los tejados de toda rusia y del mundo entero. y así fue como empezó todo….