26 mar. 2014

allochka, la imaginadora





aunque mi hermana klava era la mejor cazando estrellas y yo volando con las aletas, allochka era única imaginando.  allochka la imaginadora,  le llamábamos.   mi madre siempre nos decía que con mis aletas, las estrellas de klava y la imaginación de allochka podríamos llegar a donde quisiéramos. y tenía razón.  aunque la abuela nicolashka no nos dejaba  que, en nuestros juegos, llegásemos más allá del bosque de abedules, la verdad es que, aunque ella nunca lo supo (o a lo mejor sí) siempre llegábamos más allá…con mis aletas, las estrellas y la imaginación, claro.



una de las cosas que más nos gustaba cuando llegaban las primeras tardes de verano, era sentarnos a merendar en el porche. la abuela nos  preparaba un delicioso pan negro y un  prianiki con nueces que nos hacía llorar de felicidad.  sentadas en aquel porche de madera blanca, un poco raída por la carcoma, escuchábamos cantar a la abuela mientras planchaba en el cuarto de costura. yo adoraba ese cuarto. siempre lleno de unas telas maravillosas que me hacían volar casi tanto como las aletas.  y un olor  siempre a limpio y a flores pequeñitas como las que mamá nos colaba en nuestras habitaciones cuando estaba en casa.

los prianikis de la abuela nicolashka eran conocidos por todo el mundo en nuestra pequeña aldea,  no sólo por su sabor sino por los dibujos  con los que los adornaba.  a mis hermanas y a mi nos daba muchísima pena empezar el prianiki. no queríamos romper ningún pedacito de aquellos líneas tan delicadas que la abuela había trazado sobre la masa. así que la espera en silencio antes de atrevernos a cortar el primer pedazo se convirtió para nosotras tres en un ritual. nos quedábamos calladas un buen rato, observando la escena, siempre diferente, que la abuela había dibujado sobre ese dulce de harina de centeno.  los prianikis de la abuela nicolashka eran trozos de felicidad que todavía conservo en mi memoria después de tantísimos años.


aquellos momentos en el porche, con nuestra merienda y las canciones rusas de la abuela, eran tan mágicos como las apariciones inesperadas de mamá. todo se volvía de un color rosa palo y olía igual que aquellos palitos de vainilla que la abuela usaba en la cocina. yo con mis aletas puestas les contaba a klava y a allohcka las vistas que había desde las nubes más altísimas: pequeños países con campos dorados y verdes, huertos repletos de sol y fruta, niñas como nosotras montadas en elefantes, gente siempre feliz con unas vidas como de cuento….




allochka con su imaginación siempre iba más allá  y era la que elaboraba historias increíbles sobre todo lo que yo veía. mientras, klava llenaba todo con las estrellas que había salido a cazar la noche anterior. y así, llegábamos siempre tan lejos….

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